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Cuando
mi padre miro a través del cristal las incubadoras
con los recién nacidos y a indicaciones de la enfermera
pudo identificarme, sólo fue capaz de contemplar
una masa de carne blanquecina que por efecto de la iluminación
del lugar, le pareció un amorfo nombre: Luz.
Entre todos aquellos seres introducidos en peceras de plástico,
algunos conpequeñas sondas, otros unidos a aparatos
más grandes que sus breves cuerpos, con su débil
vida cogida entre cuidados algodones, yo era una excepción.
Mientras la mayoría habían venido a este mundo
abandonando antes de tiempo el ombligo materno, yo nací
tardíamente. Entre sietemesinos yochomesinosyo era
una extraña oncemesina. Sí, necesite dos meses
más de lo habitual para abandonar el vientre materno.
Según parece los médicos estaban preocupados,
no paraban de hacer pruebas a mi pobre madre, hasta el punto
de que se sentía como un animal de laboratorio; mi
padre estaba asustado y una de mis abuelas no dejaba de
rezar.Yo sin embargo debía estar bastante cómoda
en ese papel de okupa, pero como suele ocurrir en todo estado
de letárgica felicidad, terminaron por desalojarme
bajo el expeditivo método de una cesárea.
Se todo esto lógicamente por los diversos testimonios
que he podido recoger,porque yo en aquel momento no era
consciente de mi propia vida. Y cuando hablo de consciencia
me refiero al normal desarrollo que va adquiriendo el ser
humano: llorar ante el dolor o el hambre, reírse
ante los estímulos externos, mirar con ojos sorprendidos
todo lo que se va descubriendo
No, yo simplemente no
expresaba nada, no tenía llanto, ni risa, seguía
viviendo por el suministro de alimento que me daban, dormía,
emitía pequeñas excreciones y nada más;
era un vegetal. Eso fue lo que le dijeron a mis padres varios
meses después de mi nacimiento, sin poder darles
una explicación de a que se debía elestado
vegetativo en que estaba sumida. Lo que si les quedó
claro es que miestancia en el hospital se había acabado,
seguirían el desarrollo de la extrañaenfermedad,
pero no tenía sentido que siguiera allí. Así
con tan sólo unos meses de vida se producía
mi segundo desalojo.
Aterrice en mi casa como suelen hacerlo los recién
nacidos, recluyéndome en una habitación y
recibiendo la visita de familiares, vecinos y conocidos,
que miraban a la criatura, la hacían carantoñas,
la tocaban u opinaban sobre su comportamiento o el aspecto
físico. En mi caso la expectación era ver
a un ser extraño, cuyo enigma consistía en
no expresar nada. Según parece esa inexpresividad
total atrajo mucha curiosidad, la gente se arremolinaba
alrededor mió yen silencio se quedaban mirándome.
Según los testimonios que he podido reunir, las conversaciones
serían de este cariz:
- No se mueve, no ríe, no hace nada, sólo
respira. Que niña más rara.
- En realidad sólo es una niña en aspecto,
yo creo que es un vegetal.
- Pues para mi que es una autista extrema.
- ¿Y que es una autista extrema?
- Pues eso, un vegetal con forma humana.
Claro que no todos serían tan negativos. Siempre
existiría alguien que vieraaspectos positivos en
las peores situaciones, por ejemplo la abuela:
- Ves, me ha mirado, yo creo que esta niña siente
algo - diría ella.
- Yo no he visto nada ? replicaría escéptico
el abuelo.
- Sí, ha movido el ojo ? insistiría la mujer.
- Eso es un efecto reflejo ? explicaría él.
- Pero si hasta me ha sonreído, ha movido los labios
- señalaría ella con un optimismo a toda prueba.<
Por lo que se ha podido saber después, el abuelo
llevaba razón y las esperanzas de ella se debían
a su poderosa inclinación a ver claridad hasta en
el agujero más oscuro. Yo era un vegetal y lo seguiría
siendo hasta cerca de los cuatro años.
La prolongación de mi estado vegetativo terminaría
con el primer interés quedesperté en la gente
para ir asimilándome como un fenómeno extraño
que forma parte de la cotidianeidad de un lugar. Así
yo me convertí en la niña vegetal.
Cuando analizó lo que fue este periodo de mi vida,
que es como un espacioen blanco, trato de buscar las razones
que pudieron llevarme a ese estado vegetativo. No se por
qué, pero de alguna forma, aunque fuese con un primario
instinto de conciencia, pienso que mi aislamiento tenía
alguna razón. Quizás de una forma intuitiva
yo percibía que lo situado al otro lado no me gustaba
y por eso no salí de la matriz materna y luego, a
modo de protesta, me recluí en un mundo propio.
Cuando mi vida llegaba a los tres años, nueve meses
y seis días, desperté al mundo exterior. Todo
ocurrió de una forma accidental, a través
de uno de esos sucesos que normalmente te llevan a la desgracia
pero sin embargo me condujeron a integrarme en la vida que
existía más allá de mi persona.
Un domingo por la tarde se celebraba en mi casa una tradicional
reunión familiar, en la que yo me convertía,
una vez más, en objeto principal de atención.
Así la gente realizaría comentarios del tipo:
la niña sigue igual, que si ha mejorado, que si tiene
mejor cara, que los médicos no aclaran nada
para
luego dirigirse todos al salón, disfrutar del café,
las pastas, las aceitunas, el chorizo y dejarme a mí
en la solitaria penumbra de la habitación.
Uno de los visitantes dejo en una mesa cercana a donde yo
estaba, un cigarrillo. Por alguna razón extraña,
ya que yo no me movía, el artefacto humeante descendió
hacia el suelo y la alfombra hizo que el fuego, primitivo
conocimiento de los seres humanos, se extendiese rápidamente.
Las llamas rodearon la cama y hubiese sido fácil
que se apoderaran de mi cuerpo inerte y vegetativo. Pero
fue entonces cuando mis ojos lograron hacer nacer mi consciencia.
En aquel momento, mis pupilas sin vida, descubrieron una
de las cosas más maravillosas, la mirada. ¿Cuál
es la diferencia entre los ojos que poseen una mirada y
los ojos que no la poseen? Esta diferencia tiene un nombre:
la vida.
La vida comienza donde empieza la mirada. Yo en realidad
comencé a vivir ante el fuego que amenazaba.
El primer recuerdo que poseo son llamas azules y rojas por
encima de mi cabeza, un humo negro saliendo por encima de
ellas, chispas que caían desde unos arcos donde estaban
colgados sonajeros dispuestos para hacerme despertar del
letargo. Vi todo aquel espectáculo devorador que
se aproximaba y me pareció algo maravilloso. No tenía
miedo, estaba encantada, como si un ser hubiese sido consciente
de su propia existencia en pleno orgasmo. Así, ante
las llamas que devoraban la colcha que me cubría,
gozosa, extendí la mano y la introduje en aquella
cosa colorida e indeterminada.<
Yo hasta entonces no había emitido el más
mínimo sonido, pero de alguna forma supe abrir la
boca y gritar a pleno pulmón; mis padres y los visitantes
domingueros, acudieron en tropel. El espectáculo
que siguió fue inenarrable: mi
Unas horas después, en el hospital, con mi mano derecha
vendada y tras terminar de hacerme pruebas, me dejaron en
la soledad oscura de una habitación y fue allí
donde me hice una pregunta trascendental y necesaria: ¿Quién
erayo?
Trate de analizar lo sucedido, las llamas, el grito, la
gente entrando en la habitación, mi madre abrazándome,
me llevaban en el coche a toda velocidad y yo veía
la ciudad pasando a través de los cristales. En el
hospital me habían colocado bajo una amplia luz,
me vendaron la mano herida, gentes uniformadas de blanco
se situaron a mi alrededor, emplearon extraños aparatos
sobre mi cuerpo. De todo ello yo era el centro, el mundo
se situaba alrededor mió, hasta las llamas me rendían
pleitesía. De alguna forma era la creadora de aquel
universo, incluso las calles desfilaban bajo mi mirada.
Deduciendo aquellos acontecimientos sólo podía
ser alguien: Yo, era Dios.
Se trataba de una conciencia divina primigenia, porque un
ser nacido a la consciencia unas horas atrás, nada
sabía de religiones, iglesias y todas esas cuestiones
que los hombres han ido construyendo para explicarse sus
mie dos. Yo era un Dios natural y básico, porque
Dios carece de historia, recuerdos, sensaciones
sólo
tiene poder, que es lo que yo creía poseer.
Lo que ocurrió luego de que despertara al mundo,
confirmo la naturaleza superior y divina que poseía.
La gente venía a verme a casa, seguían las
pruebas médicas, me hacían fotografías
y grababan mi imagen, incluso salía en televisión.
Además todos aquellos acontecimientos los veía
rodeada por mi familia,que se alborozaban al verme, señalaban
con el dedo la pantalla y decían llenos de entusiasmo:
? ¡Mira Luz, mira! ? y yo miraba, pero a ellos, pensando
que su comportamiento demostraba que eran seres inferiores
destinados a adorarme. Pero mi reinado como Dios sólo
acababa de comenzar.
Empecé por acostumbrarme a la presencia de materna,
era ella la que me despertaba con suavidad, procurándome
agradables sensaciones, como lavarme con agua caliente o
abrazarme a su cuerpo. Fue así como un día
lo hice, abrí la boca y moviendo los labios acompasadamente
dije: Mama. A la mujer se le iluminaron los ojos y le falto
tiempo para lanzarse al teléfono y llamar a todo
el mundo dándole la importante noticia. Me colocaba
el auricular al lado de la boca y yo volvía a repetir
la palabrita; al otro lado podía escuchar estallidos
gozosos.
Por la noche realice otro gesto glorioso para mis adoradores,
dije: Papa. Nuevamente el estallido gozoso y de paso, evite
que nadie se sintiera discriminada; Dios debía ser
ecuánime. Pasados unos días le toco a la abuela.
Cuando la mujer escucho de mis divinos labios el nombre
de "buela", estallo en un éxtasis de alegría
que creí iba a tener un ataque al corazón.
Durante más de un año reine con plenitud.
Por ejemplo en mi quinto cumpleaños sople unas llamitas
sobre una tarta y todos estallaron en aplausos y cánticos;
sin duda, me adoraban. Además, el que sólo
con un soplido pudiese aplacar a las llamas, que en mi toma
de conciencia casi me habían devorado, demostraba
mi fortaleza; acaricié la mano donde aún tenía
la herida del fuego, era la única sombra en mi olimpo.
Al menos hasta que llego ella.
Marta era familiar de mi padre, venía del pueblo
con el fin de estudiar y en un principio me fue indiferente.
No mostró excesivo interés por mi divina persona,
más bien se limito a tratarme como una niña
y no igual que el resto de la gente, para quien era su centro
y el Sol de su constelación particular; eso para
Dios significaba una ofensa. Los primeros tiempos de Marta
en mi casa acabaron con la indiferencia que me producía.
Cuando nos sentábamos a comer o cenar todo eran palabras
para ella, preguntarle cosas, ofrecerle comida
y yo
en un rincón. En el salón ocurría lo
mismo, comentarios sobre sus estudios, sus planes, sobre
el pueblo, hablaban de cosas que yo no entendía,
incluso mi abuela la miraba a ella con sus ojos optimistas.
Ya no me era indiferente, empezaba a odiarla.
Un día decidí hacer algo decisivo. En el salón
todos miraban en el televisor>unas imágenes en las
que no dejaba de aparecer ella; se trataba de un video de
unas vacaciones que aquella individua había pasado
en unas islas; allí se podía marchar, pensé
con furia. Entonces cogí un jarrón situado
en la mesa y haciendo acopio de mis fuerzas infantiles,
lo lance sobre la pantalla, para luego realizar un gesto
de Dios: los mire con soberbia, sonrisa en el rostro y orgullo
de hazaña realizada. Pero sucedió lo inaudito;
los que hasta entonces eran mis fieles se rebelaron. Escuche
gritos de todos, incluso de la abuela y hasta mí
madre se atrevió a pegarme.
Me llevaron a la habitación y allí me encerraron,
como a un condenado. Perolo más molesto fue la actitud
de Marta; en lugar de sumarse al enfado de losdemás,
trato de protegerme. Así no se trata a un Dios. Ya
estaba claro, tenía un enemigo.
Durante un
tiempo trate de luchar contra quien amenazaba mi trono celestial;
iba a su habitación y descolocaba sus cosas, tiraba
la ropa al suelo, rompía papeles
para después
quedarme allí, entre aquel caos, esperando su llegada
y demostrarle quien mandaba allí. Más cuando
ella llegaba, me miraba con ojos tiernos y moviendo una mano
en señal de que podía azotarme, decía:
" Hay Luz, que traviesa eres
", luego incluso
se atrevía a abrazarme, como si ella fuese Dios y tuviese
el poder de perdonar.
Proseguí diversos intentos que terminaron en repetidos
fracasos. En ocasiones los ataques eran un boomerang que se
volvía contra mí. Una noche, desvela da, escuche
que alguien estaba en la bañera. No podían ser
mis padres, menos la abuela, sólo ella podía
estar bañándose a aquellas horas; me dispuse
a < ir hacía allí dispuesta a todo. Nada más
atravesar la puerta me vi sumergida en una densidad de vapores,
en un calor sofocante, las paredes parecían sudar y
al fondo, en la bañera, es taba Marta. Avance tambaleándome
y cuando llegue a ella, tuve que sujetarme para evitar caerme
cuando mire hacía arriba para verla, de pie, con el
agua resbalando por todo su cuerpo. Había visto desnuda
a mi madre, pero aquello fue diferente. Marta era una adolescente,
con un cuerpo en flor, unos pechos leves, un estómago
perlado, unas nalgas como montañas nevadas, piernas
contorneadas y por todo el des cendían cascadas acuosas.
Extendí la mano para tocarla, al igual que hice cuando
la metí entre las llamas y con esa piel herida, sentí
la suya, húmeda, tersa, suave y algo me embriago. Marta
se sintió sorprendida, no me había visto y retrocedió
exclamando:" ¡Luz, que haces aquí!"
Retire la mano
igual que ante
el fuego, temerosa, pero entonces ella me miro y expreso en
su rostro esa sonrisa que hasta entonces odiaba. "Pequeña
traviesa, quieres jugar, ¿eh?" Me dijo para luego
cogerme como una muñeca, quitarme el pijama y estrechar
mi cuerpecillo contra el suyo. Yo no sabía que hacer,
trate de resistirme, pero finalmente cedí; me abrace
a ella colgándome de su cuello, de jándome llevar
por el calor húmedo que desprendía, por aquellas
formas que descubría. Yo, Dios, veía en aquella
mujer naciente, lo que quería ser, lo que podía
ser. Así sólo pude mirarla con los ojos abiertos
y sorprendidos, dejando que mi mano herida por el fuego, resbalase
por ella como se acaricia a un ser divino; y era yo quien
adoraba. Contemple a Marta con la misma mirada que me abriese
la puerta de la vida y lo que entonces me dejo maravillada,
en aquellos instantes me sedujo turbadoramente.
Aquel día, deje de ser Dios. |